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PARTÍU CARLISTA: pola defensa de la nuesa tierra

EL MITO DE FAES

EL MITO DE FAES

La Nueva España. Cuencas.

14 de junio de 2005

Un grupo de conservadores compuso en 1934 un poema sobre el carlista más famoso de las Cuencas

En la Asturias de 1934, mientras los mineros querían cambiar el mundo, un grupo de añorantes del antiguo régimen componía en Oviedo uno de los poemas más ripiosos jamás escritos en la región, loando las hazañas de José Faes, un personaje del que prometí escribir hace unas semanas. Como ejemplo, sirvan unos versos: «En la Pasera de Mieres / las mozas están llorando / y hasta el tren que va a la fábrica / silva más triste y más largo, / en el fondo de las minas / las candelas se apagaron / y el Caudal, desde los montes, / trae aguas de amargo llanto...», sin comentarios.

¿Qué quién fue Faes? El carlista más famoso de las Cuencas; allerano, de familia pobre -sus padres labradores y él minero-, un hombre que no quiso conformarse con el papel que le asignó el destino. Al inaugurarse la Escuela de Capataces de Mieres su matrícula estuvo entre las primeras, pero en seguida sobresalió más por lucir su palmito en las romerías que por su aplicación en las aulas y pronto se dio cuenta de que su vida estaba llamada a seguir otros caminos. Así que en 1872, cuando tenía 24 años, se echó al monte y, aunque sus andanzas sólo duraron dos años, tuvo tiempo para convertirse en un mito del tradicionalismo regional.

Seis años de historia
Faes vivió intensamente los seis años de nuestra historia que son hoy seguramente los más odiados por los estudiantes a causa de la densidad de los acontecimientos políticos que se sucedieron vertiginosamente. En septiembre de 1868 una revolución expulsó del país a Isabel II (Borbones en España, jamás, jamás, jamás -dijo entonces el iluso del general Prim); luego, se buscó por toda Europa otra dinastía que trajese aires nuevos al país; por fin llegó un rey italiano, Amadeo de Saboya; después, una República con cuatro presidentes y sus correspondientes gabinetes y, al fin, otra vez de nuevo los Borbones.
Los monárquicos se enfrentaban a los republicanos; los republicanos, que no cesaban de discutir entre federalistas y unitarios, sólo estaban de acuerdo en oponerse a los monárquicos; en Cuba, que aún era española, se mantenía una guerra por la independencia; el movimiento obrero declaraba las primeras huelgas y, encima, el 21 de abril de 1872 volvía a España la guerra civil. Para unos, la segunda del siglo XIX; para otros, la tercera, y para todos, «la carlistada». El motivo volvía a ser la disputa por la Corona que mantenían desde la muerte de Fernando VII las dos ramas de la familia y, en este caso, el pretendiente, nieto de Carlos María Isidro, el primer «rey» de la tradición, se hacía llamar Carlos VII. De nuevo se gritó desde los púlpitos el lema de «Dios, patria, rey» y los más exaltados volvieron a salir con sus trabucos para cazar conejos y liberales, casi siempre en este orden.

Primeros enfrentamientos
Los primeros enfrentamientos tuvieron lugar, como siempre, en el País Vasco y Navarra y, tras ver la primera sangre don Carlos, que había cruzado la frontera por los Pirineos para animar a su Ejército, volvió sobre sus pasos y decidió que era más seguro ver los toros desde la barrera.
Tras unos meses en los que la guerra se mantuvo sólo en la zona del maestrazgo, ante la debilidad del Gobierno republicano que no sabía por dónde empezar a reparar los estropicios, a finales de año se generalizaron los combates en la mitad norte de la Península y por todas partes empezaron a organizarse nuevas partidas. Y en el medio de este maremagno José Faes entraba a tiros en la historia.
Cuentan que Faes era guapo y lo sabía; en unos tiempos en los que costaba encontrar un uniforme para vestir a las tropas, que a veces andaban de madreñas, él lucía un gran capote rojo de sastrería y cuando le apetecía desfilaba montado en un caballo blanco por las calles de Mieres al frente de una sección de lanceros que preparaba para estas ocasiones con lo más granado de sus voluntarios.

Y, además, tenía una voz varonil y un verbo fácil con el que convencía a las gentes sencillas de las bondades que traería el reinado del rey Carlos, a quien los liberales llamaban «el chapas», mote que entonces no tenía la connotación sexual de hoy y, seguramente, se debía a la chapa de metal con la inscripción C. VII (Carlos VII) que sus soldados debían llevar prendida en sus capotes o en sus boinas.

En una ocasión derrotó en el concejo de Lena a una columna de liberales obteniendo numerosos prisioneros y más de doscientos fusiles con los que equipó a su infantería: el primer Batallón de Cazadores de Asturias, formado con mozos de las partidas de Aller, Mieres, Lena y Quirós, que se le fueron sumando. Poco más tarde, en La Romía, deshizo también otro destacamento de guardias civiles y milicianos republicanos a los que también volvió a desarmar.

Su escenario favorito estaba en la entrada sur de Asturias, donde se encargaba a menudo de cortar la carretera de Pajares, que era casi la única comunicación posible con León. El guerrillero se convirtió en una pesadilla para los puestos del Gobierno encargados de la vigilancia de este paso, incendiándolos en varias ocasiones, con lo cual lograba dejar aislada la zona central de la región a veces durante varios días.

Las hazañas de Faes se prodigaron en estos años y se exageraban en la fantasía popular. Además, sus procedimientos también eran novedosos, de forma que se podría decir que introdujo en Asturias el método conocido ahora pomposamente como «secuestro exprés» y que consiste en retener a la víctima unas horas mientras sus parientes buscan el dinero que se solicita para su liberación.
Así lo hizo con varios notables de Llanes -entre otros, el famoso político liberal José Posada Herrera-, después de haber entrado en la villa con sesenta hombres para llevarse de paso tabaco para la tropa, efectos de la Administración de rentas, los mejores caballos de los lugareños y 1.000 duros en efectivo.

Pero como todo el que corre mucho acaba por tropezar, por fin, el 7 de julio de 1874, a la vuelta de una expedición por tierras leonesas, donde había cortado las vías del ferrocarril León-Busdongo, encontró su final en las cercanías de Villarejo frente a un regimiento liberal que tenía su campamento en Ujo.

Rápida batalla
La batalla fue rápida y sangrienta y en aquella ocasión el escapulario que llevaba al cuello con la imagen del Sagrado Corazón y la inscripción «Detente, bala» no pudo cumplir su cometido. Junto a Faes cayeron también sus dos lugartenientes, José María, «El Vizcaíno», y Ramón de Grabelón, y, de paso, cayó también la última posibilidad de resistencia que el carlismo tenía en Asturias.

Le sucedió al mando de los hombres que pudieron salvarse Joaquín González, «Xuacu de la Güeria», aunque nada fue como antes. La velocidad de los tiempos se encargó de convertir a las boinas rojas en anacrónicas y el progreso atropelló la política de sacristía, al menos hasta 1939.
A los pocos meses el ferrocarril de Asturias llegaba ya hasta Pola de Lena y se empezaba a hablar de llevar las vías hasta León, la industrialización seguía su camino imparable y Dios, la patria y el rey se apartaban para dejar camino al socialismo, que empezaba a prender en las Cuencas. El recuerdo del guerrillero se mantuvo adormecido hasta que el empeño de los historiadores del franquismo, necesitados de héroes autóctonos, lo resucitó para engrandecerlo. Ahora, visto con el reposo de los años, debemos colocarlo en su sitio: efectivamente, Faes era valiente, presumido y, además, muy guapo. Sólo eso.

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