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PARTÍU CARLISTA: pola defensa de la nuesa tierra

Antonio de Valbuena, los elogios de Clarín y de fondo Llanes

Antonio de Valbuena, los elogios de Clarín y de fondo Llanes

La Nueva España.

Javier GARCÍA RODRÍGUEZ

24/12/2006

El leonés que polemizó con los autores más destacados de la Restauración, que quiso casarse en Asturias, dejó constancia en «Agua turbia» de sus aventuras amorosas en el Oriente

 
Poco dirá al lector de hoy el nombre de Antonio de Valbuena (1844-1929). Y, sin embargo, entre sus muchas andanzas literarias, el olvidado Valbuena legó a la posteridad una novela, «Agua turbia», cuyos exteriores e interiores son inequívocamente llaniscos. Si siempre la vida tiene mucho que ver con la literatura, en este caso, la novela trata de llevar a cabo una venganza -de papel, si se quiere, pero no por ello menos sangrienta- ante lo que «Melladín de León» (un curioso apodo por una cicatriz de sus años mozos) entendió como un desaire amoroso inaceptable y una afrenta a la seriedad de sus aspiraciones matrimoniales por parte de una jovencita, tras una estancia estival en Llanes invitado por el político local Labra.

Que Antonio de Valbuena dominaba el difícil arte del retrato queda patente en el que hace de sí mismo: «Hijo de una familia noble, y educado en aquellas ideas que hicieron a España grande y poderosa en mejores tiempos, es tradicionalista de raza y tradicionalista de convicción, ardiente y definido partidario del antiguo sistema de gobierno con todas sus instituciones seculares». Aunque con no menos tino y menor condescendencia lo describe Blanco García al referirse a él como «temible satírico, anarquista y reaccionario en una pieza». Lo que sabemos es que nació en Pedrosa del Rey (León) y comenzó a estudiar en el seminario de esa ciudad, donde comenzó a escribir sus primeros versos, de contenido fundamentalmente religioso. Continuó estudios en Madrid y Vitoria, terminando los de Derecho Civil y Canónico. Allí fue elegido presidente de la Juventud Católica, secretario del Club Carlista y director del periódico «La Buena Causa». Su filiación carlista y el tono subversivo de este periódico lo llevaron, tras la definitiva derrota carlista, al destierro francés en 1875. Escritor, periodista, poeta, novelista, cuentista y crítico literario. A su militancia carlista en el orden político unió su filiación católica, tradicionalista y antimodernista en el orden religioso y estético. Llevó sus inquinas personales contra instituciones como la Real Academia Española (en la figura de los académicos y en la crítica a las obras publicadas por esta) y contra posiciones liberales y progresistas (servicio militar obligatorio, regeneracionismo, etcétera).

Su labor como escritor es muy amplia y variada. Escribió para numerosas publicaciones y en todas ellas intenta un proselitismo, un adoctrinamiento en el ideario político, estético, ideológico y literario que defendía. Muy conocido, sobre todo, en su época por los «ripios», término con el que denominó una serie de escritos de crítica literaria publicados originalmente en «El Progreso» en los que analiza y comenta la producción poética de su época, diferenciando a los autores por su pertenencia a una determinada entidad o al estatus social. Con gran éxito editorial y de público, bajo el seudónimo de Venancio González publicó sus series de «ripios», y utilizó también el seudónimo de Miguel de Escalada. Debatió y polemizó con Manuel Cañete, Federico Balart, Menéndez Pelayo (por hacer malos versos y por escribir «Las cien mejores poesías de la lengua castellana», una antología que es, a su juicio, una majadería y una barbaridad), con Cánovas del Castillo (a quien reprocha ser tan mal escritor como político), con Unamuno (criticado por su ideología), con Campoamor (considerado como verdadero poeta, ingenioso y creador de buenos versos, pero reprochable moralmente porque «hay algo insano en sus composiciones. Su filosofía no se resuelve en santidad», con Galdós (por ser genuinamente soso y querer cultivar el chiste; y por ser ateo), o con el modernismo de Rubén Darío (de quien dice que es un autor de cuarta clase). Valbuena aprovecha estos autores y otros para hacer un tipo de crítica moralista, autoritaria, didáctica, política en el sentido más partidista. Su estilo crítico es directo, petulante, deslenguado, un tanto chulesco, exclamativo, militante, castizo, personal y festivo. Este Valbuena, crítico satírico y gramático, llegó a tener tal presencia pública que en la temprana Historia de la Literatura Española de Fitzmaurice-Kelly se le compara con Clarín y llega a decirse: «De extremo a extremo de España no hay escritor alguno (tal vez con la única excepción del discutidor, incorregible y brillante revistero Antonio de Valbuena) que sea más conocido y más temido que Leopoldo AlasÉ».

Leopoldo Alas

Y será este mismo Leopoldo Alas «Clarín» el que se convertirá en defensor de Valbuena, considerándolo un compañero de armas, otro caballero andante de la crítica literaria inmediata y paliquera, aventador de famas espurias y vapuleador de estrellas literarias. De él dirá opiniones tan hiperbólicas y contundentes como esta de 1894: «É podría ser, si se tomara en serio el oficio, uno de los críticos más notables de España. Burla burlando y todo, ha demostrado en sus Ripios Aristocráticos y en una larga y famosa campaña periodística, grandes originales y serios estudios del idioma (este sí tiene genio), conocimientos variados de literatura, un buen gusto verdaderamente excepcional entre nosotros, pues el buen gusto es lo que menos se suele ver por estos críticos de Dios; y además de todo esto, y sobre todo esto, ha probado que sabe escribir con gracia, con soltura; que es un escritor barítico tal como le piden nuestra lengua y nuestra raza. Es muy español en sus chistes y en sus picardigüelas lícitas de autor maleante, y con decir que es muy español, queda dicho que es muy poco académico».

Entre estas relaciones amistosas con Clarín (con enormes enemigos y grandes polémicas de por medio) y sus libros y artículos, encuentra Antonio de Valbuena tiempo y ocasión para pasar todo el verano de 1890 en el Principado y publicar incluso algunos poemas en «El Occidente de Asturias». Según nos cuenta el agustino Manuel Fraile Miguélez, «los llaniscos le tuvieron por huésped una gran temporada "gratia et amore" y agasajándole mucho». Resultado de esa estancia es, según parece, un amor declarado y no correspondido por una hermosa joven mejicana, hija de un indiano rico.

«Agua turbia»

El desprecio de la joven produjo, además del consiguiente cabreo del escritor, una poco sutil venganza en forma de «novela en clave» que se publicó en 1899, «Agua turbia». La novela, sin ser una obra maestra, es bastante digna en su calidad literaria. En su «Historia de la literatura leonesa», Francisco Martínez García escribe que es «su única novela por la estructura, creación coherente de personajes, acción y longitud». Y otros críticos han destacado su capacidad para crear personajes, la habilidad en las descripciones de lugares y personas, el excelente uso del «decorum» horaciano, el conocimiento del idioma, las locuciones castizas, la amenidad de los episodios o la creación de tipos. Y es más importante aun porque leída ahora, más allá de las aviesas intenciones vengativas de su autor para resarcirse del desprecio de la indiana despectiva, y del tópico argumento folletinesco en torno al que se organiza la trama (en la que el padre de la indiana tiene un pasado plagado de acciones delictivas, razón por la que la abandona el protagonista, un conde madrileño), es capaz de ofrecer a los lectores un fiel muestrario de espacios llaniscos y un catálogo detallado de costumbres y fiestas populares. La novela cumple así el propósito de representar la realidad, una realidad filtrada -algo turbia, por tanto- a través de la ficción y de los ardides del despecho. Y hecho esto, Antonio el Valbuena, el escritor humorístico, el crítico satírico y maldiciente, el castigador de autores noveles y consagrados, el amigo de Clarín regresó a León.
 

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