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PARTÍU CARLISTA: pola defensa de la nuesa tierra

Reflexiones democráticas

En la historia de la democracia moderna existe un documento clave. Se trata de la Declaración de los Derechos del Hombre y del Ciudadano formulada por la Revolución Francesa. En su Preámbulo podemos leer: “...la ignorancia, el olvido o el desprecio de los derechos del hombre son la única causa de la infelicidad pública y de la corrupción del gobierno”. Conviene recordar estos textos básicos porque en parte conservan toda su vigencia y nos pueden dar lecciones para nuestro presente.

Desgraciadamente andamos más bien escasos de cultura democrática. Han pasado varios años desde el cambio de régimen y creo que para, la mayoría, su obligación cívica se reduce, en el mejor de los casos, a depositar su voto en la urna cada vez que hay elecciones. Además, ¿estamos seguros de que el voto que depositamos es fruto de una decisión nuestra bien pensada y no mediatizados por una sugestión publicitaria bien a favor de un partido o candidato o en contra de otro?.

Democracia no es sólo votar, es además participar. Y no podemos creernos, aunque así lo establezca la democracia a medias que disfrutamos (si la comparamos con la dictadura anterior) o padecemos (si lo hacemos con una auténtica) que los únicos cauces de participación hayan de ser los partidos políticos. ¿Qué ocurre cuando el grado de democracia interna de los propios partidos es tan pequeño y, en varios casos inexistente?. Otra característica que mengua nuestra democracia es la falta de una cultura del pacto entre la clase política. Si consiguen mayoría absoluta desprecian olímpicamente a la oposición. Y, si no la consiguen, los llamados partidos bisagra se convierten en auténticos tiranuelos, imponiendo tanto o más que su ideología, el control de resortes de poder y de presupuesto. Los partidos poderosos, beneficiarios y garantizadores del bipartidismo, ningunean a los minoritarios como si detrás de ellos no estuvieran unos votantes, también depositarios en parte de eso que se llama pomposamente la soberanía nacional.

Luego está el desinterés de la mayoría de los ciudadanos por la cosa pública. Un viejo refrán venía a decir algo así como “cosa del común, cosa de ningún”. Sólo cuando alguna decisión colectiva nos afecta particularmente, sobre todo si es al bolsillo, nos aprestamos a movilizarnos y a elevar nuestras peticiones o quejas a los gobernantes. Creemos que la política es competencia exclusiva de los políticos. Mal puede funcionar una democracia con estos mimbres. Salvador sólo hubo uno y fue Jesucristo y, aun así, no nos salva a la fuerza, hemos de poner algo de nuestra parte. Y si pensamos que algún líder o partido va a ser la panacea de nuestros males colectivos, estamos aviados. Es, entre todos, cada uno en su puesto, como hemos de afrontar las tareas colectivas.

Tampoco los medios de comunicación que tan eficaz papel ejercieron durante la transición, responden a las exigencias democráticas. Los públicos, fieles servidores del gobernante de turno. Y los privados, sometidos a un creciente proceso de concentración oligopolística, defienden dócilmente los intereses de sus empresas que lógicamente son los del sistema neoliberal. Es una hora triste en que más que de censura hay que hablar de autocensura. La cacareada libertad de opinión se traduce en una sociedad desinformada, narcotizada por programas basura y entregada al “voyerismo” del cotilleo de los famosos.

A la ignorancia, se une el olvido. Una desmemoria colectiva, azuzada desde el poder y protegida por los agentes sociales. Los niveles de resistencia a este olvido son escasos. La memoria alimenta la conciencia. Nos obliga a decir NO en muchas ocasiones, a desconfiar de quienes antes nos engañaron y pretenden seguir haciéndolo. Y nos anima a ser leales a esas convicciones que nos convierten en personas dignas y responsables. Sin memoria, simplemente no somos nosotros y ni siquiera somos. Una persona, un Pueblo necesita la memoria para existir, para vivir de pié. Pero la memoria propia, no la ajena que no pasa de ser una invención mentirosa.

Pero, sobre todo, hay que insistir en que la esencia de la democracia es la defensa y promoción de los derechos humanos. De todos, no sólo de los individuales –libertad, propiedad, seguridad- tal como fueron definidos en las Constituciones decimonónicas, como la americana y la francesa revolucionaria. En este sentido, hemos de proclamar cómo de los tres principios revolucionarios –Libertad. Igualdad y Fraternidad- sólo uno fue atendido, la libertad, pero en un sentido puramente individualista; la igualdad quedó reducida a un marco jurídico, “ante la Ley”, ciega y sorda ante las desigualdades reales; y la fraternidad que debía empastar las dos anteriores fue pura retórica. Por eso, es hora de defender, al lado de los derechos y personales, los colectivos, económico-sociales-culturales, junto a los de novísima generación de respeto a la naturaleza, de conservación del patrimonio genético de nuestra especie y de no-admisión de propiedad intelectual sobre cualquier forma de vida, unicelular, vegetal o animal.

La situación se agrava, cuando en los últimos tiempos asistimos en el mismo occidente al asalto por gobiernos que se llaman democráticos, apoyados por sectores timoratos de opinión, contra las libertades fundamentales. El miedo que suscitan fenómenos como la inmigración creciente o los ataques suicidas terroristas están propiciando esta reacción. Por eso conviene recordar aquellas palabras que escribiera Benjamín Franklin: “Quienes renuncian a su libertad esencial para conservar parte de seguridad temporal, no merecen ni la libertad ni la seguridad”.

 

Pedro Zabala

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