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Así analizaba el eclesiástico Vicente Manterola (1833-1891), diputado carlista en las Cortes de 1869, lo que significaba el sistema capitalista y productivista, que nacido en Inglaterra fue importado a Las Españas por la burguesía liberal, y al resto del mundo por los diversos imperialismos:
"¿No es allí mismo a la vez el hombre esclavo envilecido de la industria moderna, explotable como un producto cualquiera, una máquina más, de mayor o menor fuerza, que vale cuanto produce, en razón de la resistencia que ofrece al rozamiento incesante de un trabajo abrumador?
Y esos hombres, y esas mujeres, y aun esos niños, que pasan su vida enterrados en las glaciales entrañas de húmedas y negras minas, sin Dios, ni familia, ni patria; sin un rayo de luz para sus almas, sin un consuelo para su espíritu; esos seres embrutecidos, que tienen como enmohecida su inteligencia y paralizados los resortes del corazón, condenados a morir prematuramente, sin haber logrado su desarrollo físico y moral, deberán estar muy agradecidos a la civilización de la Gran Bretaña? Esos infelices son indudablemente más desgraciados que lo fueron jamás los esclavos en nuestras colonias de Ultramar...
Inglaterra se preocupa mucho de un minuto, de un segundo, porque ese segundo, ese minuto son tiempo, y el tiempo es allí dinero, como lo es en toda sociedad condenada al servilismo rutinario del “tanto por ciento”. Un segundo en el mundo mercantil puede significar la solución de una crisis monetaria; puede ser la fabulosa ganancia de una exorbitante jugada; puede determinar el aplazamiento del descrédito y de la ruina, y sostener el principio de una inmensa fortuna. Pero un hombre que nada tiene y nada puede adquirir ¿qué valor representa en Inglaterra?".
V. Manterola, Don Carlos es la civilización, pág 5. Sobre León de Arroyal, ver el artículo de F. López, “León de Arroyal auteur des Cartas Político-Económicas al Conde de Lerena”, Bull. Hisp. T. LXIX, 1967, núm. 1-2, pág 49.
El trabajo representado por el trabajo
Los españoles dedicados a vivir honradamente de su trabajo componen por si solos la inmensa mayoría de la nación. Esta mayoría permanente, sobre la ventaja del número, base fundamental del derecho público moderno, tiene el mérito de llenar con el trabajo la primera necesidad de España, y siendo la clase que más sufre, es también la que más paga en dinero y en sangre, y la que reúne mayor fuerza. Luego es evidente que no se debe contar más que con esa mayoría, ni mandar ni gobernar más que para ella.
El Pueblo trabajador es la nación.
(Julio Nombela, Detrás de las trincheras, Madrid, 1876, pp. 434-447)
El pueblo carlista está mas cerca de un republicanismo federal o de un socialismo cristiano que de la antítesis de su concepción doctrinal: la monarquía alfonsina Discurso 30 junio de 1916 en el Congreso
Soy partidario de aquella monarquía federativa y representativa que cuando por primera vez la formulé aquí produjo natural escándalo en los que no estaban acostumbrado más que a llamarnos absolutistas, tiránicos, arbitrarios, defensores del absolutismo
Discurso 30 y 31 de mayo de 1890
¿Quién puede negarlo sobre todo en España, donde estas regiones forman una verdadera personalidad histórica? ¿Quién puede negarlo aquí, donde la unidad nacional es posterior a las entidades regionales y que, en cierto modo, se ha establecido por pacto implícito, formando eso que yo llamaba con asombro de algunos, Monarquía Federal? Porque aquí, la nación, mejor diré, el Estado central, ha sido la resultante de la unión de varias regiones que antes eran independientes, pero que al unirse no han podido perder aquellas prerrogativas y facultades esenciales a toda entidad jurídica, sobre todo si es de un orden tan superior como lo son las regiones
Cuando se ha tratado de mejorar las condiciones sociales del obrero, me han parecido siempre tibias todas las reformas e insuficientes todos los esfuerzos; me considero y me he considerado siempre como un socialista sincero, en el sentido exacto de la palabra, y nadie podrá negarme que en todo momento he hecho cuanto he podido para conocer las necesidades verdaderas del pueblo y procurar que se considerara la cuestión social como el problema esencial para todos los hombres de gobierno La autonomía municipal, los estatutos regionales, la autonomías universitarias, son los primeros pasos de este gran movimiento descentralizador que está ya en camino en la hora presente. Hay que ir preparando hoy el espíritu de las masas a los beneficiosos avances de la tendencia federativa.
Los políticos que pretenden ir contra esta corriente natural, poderosísima desde el día en que se penetra de su alcance el alma popular, serán arrollados fatalmente por querer luchar contra una aspiración indestructible que saca toda sus fuerzas de las entrañas mismas del pueblo
En un sistema netamente regionalista como el nuestro, España vendría a ser una confederación de Repúblicas sociales gobernadas por la Monarquía; reconocida a las regiones su personalidad jurídica, su legislación autónoma, sus libertades administrativas, judiciales y universitarias, el Poder central tendría como misión privilegiada, lejos de todo despotismo, ser el lazo de unión entre todas las regiones
Fuente: Don Jaime, el Príncipe Caballero, Francisco Melgar, 1932, Espasa-Calpe
P. ¿Cuál es la Patria de los asturianos?
R. ASTURIAS y por extensión ESPAÑA, que es la continuación histórico geográfica y política del ESTADO ASTURIANO, al cual debe el ser.
P. ¿Entonces ASTURIAS fue un ESTADO?
R. Cuando encarno la personalidad total de la nación española, fue un ESTADO SOBERANO EN ABSOLUTO; más tarde por la omnímoda libertad e independencia, facultades y atribuciones de que gozó, vino a ser de hecho UN ESTADO DENTRO DE OTRO SUPERIOR.
P. Y ahora, pasando al orden político, ¿llegó Asturias a legislar?
R. Indudablemente; por medio de la Junta General de Principado, que era la Representación asturiana o las Cortes de Asturias.
P. ¿Cuándo alcanzo la Junta el mayor apogeo de sus atribuciones como organismo de gobierno?
R. Desde los tiempos de Juan I al crear el Principado de Asturias, hasta el entronizamiento de la Casa de Borbón.
P. ¿Qué hecho corroboró en tiempo de Enrique IV la importancia y autoridad de la Junta?
R. El juramento que prestó dicho Rey en manos de un delegado asturiano, comprometiéndose en nombre propio, en el del Príncipe y en el de los sucesores de ambos, a no inmiscuirse jamás en asuntos de gobierno privativos del Principado.
P. ¿Se ve todavía más claramente en época posterior esta absoluta soberanía?
R. Robustecida por la voluntad de los pueblos y respetada por los Reyes, pueden las atribuciones de la Junta en el siglo XVI reputarse ilimitadas. Media su poder con el de los Reyes; sus disposiciones y mandatos tenían enorme fuerza y eficacia, del propio modo que si fu
... (... continúa)
El Carlismo, por mucho que algunos se empeñen, siempre ha formado un solo cuerpo. En torno a los valores permanentes que se han ido expresando y plasmando según las épocas, los tiempos y las circunstancias se ha mantenido unido el Carlismo. Estos principios que son las esencias espirituales, la libertad de la persona, las libertades de los pueblos, nuestra Patria como federación de los pueblos que componen el Estado Español, los principios socialistas de igualdad y libertad en lo económico y en lo social, la unidad en torno a la dinastía como institución eje para garantizar nuestra continuidad, son los conceptos revolucionarios y democráticos que el Carlismo ha mantenido en el transcurso de toda su existencia y por los que tantos han dado su vida y sus bienes.
Esta es la unidad del Carlismo. No puede haber otro Carlismo. Fuera de esta línea ideológica ya no se puede llamar carlista. Es el Pueblo quien en su dinámica política a través del pacto con la Dinastía ha determinado esta línea y la mantiene viva día a día. Los esfuerzos para mantener esta unidad en la lucha por la libertad y la democracia representan el plebiscito cotidiano que hace el Carlismo de su propia ideología. Esta es la unidad del Carlismo, por mucho que intente la clase dominante presentarlo dividido con torpes maniobras.
El Partido Carlista, vanguardia del Carlismo, carga con la responsabilidad para que esa línea sea aplicable en los momentos de lucha y se puedan alcanzar los objetivos principales que son la construcción de un socialismo plural y de autogestión global en un Estado federal, ideal que comparten con el Carlismo muchísimos españoles de hoy.
El mantener el Partido Carlista organizado, es decir actuante en estos momentos, es responsabilidad de todos y cada uno de los carlistas. No bastan las meras intenciones. Cada carlista, hoy mas que nunca, debe tener una presencia firme en la lucha o ayudar al Partido. Las buenas intenciones no bastan. La acción, la entrega, el sacrificio son imprescindibles para el éxito de nuestra lucha, para alcanzar las libertades. Las libertades nunca han sido otorgadas siempre han sido conquistadas por el pueblo.

En esta Declaración como en muchas otras vemos que para definir el Estado Carlista se habla de una “federación de republicas” presidida por la Corona. Esta es una vieja expresión que ya usaron los Carlistas de finales del siglo XIX para incidir en el amplio autogobierno del que gozarían los pueblos hispánicos bajo la Monarquía federal carlista.
El Partido Carlista, desde este Montejurra 75, se reafirma en su línea política expuesta en anteriores ocasiones. Este momento del Montejurra 75 también es ocasión para que el Partido Carlista exprese su adhesión a su líder y Rey Don Carlos Hugo, así como dar las gracias, con el cariño y el respeto que por él sentimos, a nuestro viejo Rey Don Javier que, como él mismo ha dicho, al abdicar en su hijo, seguirá siendo un soldado en la lucha por la libertad. Nos ratificamos en la línea ideológica porque mantenemos las afirmaciones que en ella se hacen y porque estas afirmaciones son base de la construcción doctrinal del Carlismo. Afirmaciones de que el Socialismo será plural y de autogestión global, que la federación de los pueblos se configurará mediante un proceso revolucionario regional en todo el Estado Español, y que la Monarquía será socialista y federal. Si no, no habrá Monarquía.
El Socialismo plural y de Autogestión Global
Para que el Socialismo pueda instaurarse, es necesario que el proceso de la revolución económica y social nazca desde las mismas raíces del Pueblo y que la libertad social permita la participación de todos sobre unas bases de igualdad. De esta forma surgirá un pluralismo socialista sin clases y sin grupos dominantes.
EVOLUCIÓN
Los cambios profundos de la sociedad y de la formación de los pueblos, debidos, fundamentalmente, al avance del progreso y de la técnica, hacen que padezcamos una fuerte crisis, tanto en el orden humano como en el económico-social, crisis más acusada por la ausencia de espíritu cristiano. Esta ausencia es consecuencia de que una determinada clase, compuesta por grupos oligárquicos, económicos e ideológicos, se haya erigido en propietaria y administradora de los valores del cristianismo casi en exclusiva, impidiendo que el paso, irremediable de una sociedad estamental y monolítica a una sociedad pluralista y de libertad, se haga por vía cristiana y no marxista. El carlismo no puede estar ajeno a esta evolución porque, precisamente su principal característica ha sido evolucionar. De Carlos V a Carlos VII, de Jaime III a Alfonso Carlos I y hasta estos momentos, toda la vida del carlismo, está marcada por una intensa vida política, por una intensa evolución. De las guerras civiles del siglo pasado a las luchas sociales de principios de este siglo con los sindicatos libres carlistas; de nuestra participación en el Alzamiento a mi total negativa de unirnos al fascismo, del enfrentamiento con el totalitarismo a la supervivencia dentro de un régimen de represión política y a la vuelta de un periodo activo de politización, todo fue evolución, todo fue cambio. La permanencia del carlismo no podría explicarse sin esta constante evolución y sin una autoridad responsable que garantiza esta evolución conforme a sus principios básicos de busca de justicia social y libertad política. El carlismo, que mantiene sus principios y sus fundamentos políticos sigue necesitando evolucionar y ponerse al día. Esta ha sido nuestra principal tarea en estos diez últimos años. Tarea difícil, pues mientras en unos producía escándalo por creer que íbamos a un progresismo de tipo liberal, en otros, la juventud, aparecía la impaciencia porque esta evolución era lenta. Aquí estaban los riesgos. Si el carlismo quería subsistir y cumplir su misión junto
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